Por Fredy López |
Con cada ciclo mundialista —4 años—, la fiebre del fútbol no solo se vive en las canchas o a través de las pantallas, sino también en las salas de los hogares, donde una tradición impresa se niega a desaparecer: la recolección de las famosas estampitas para llenar el álbum oficial de la Copa del Mundo de la FIFA.
Para la familia Aguilar en Quetzaltenango esta pasión comenzó hace más de cinco décadas. José Aguilar, el patriarca, recuerda con nostalgia sus primeros pasos en el Mundial de México 1970 con la icónica mascota Juanito. Sin embargo, fue en México 1986 cuando la tradición tomó seriedad en su hogar. «En ese entonces el álbum costaba Q0.95 y pegábamos las figuritas con mucho cuidado usando goma blanca para no manchar las hojas», relata con una sonrisa.
Esa misma emoción fue heredada por su hijo, José Fernando «Pepe» Aguilar, cuyo primer recuerdo se remonta a Estados Unidos 1994, cuando apenas tenía cinco años. Para la época de Francia 1998, la Plaza Polanco, en la zona 1 de Xela, se convirtió en el epicentro de sus recuerdos: «Recuerdo ver a mi papá con la pila de estampitas haciendo los intercambios y yo ahí, ayudando y aprendiendo», comenta Pepe.
Cada álbum ha marcado una etapa de su vida —desde los intercambios en el colegio durante Corea-Japón 2002 y Alemania 2006, hasta las marcas y dobleces en el álbum de Brasil 2014, hechas por las manos de su hijo, entonces pequeño.
Hoy, la historia se repite con una tercera generación que ha tomado el relevo. Aunque el mercado y los precios han cambiado drásticamente, el valor pedagógico y emocional sigue intacto. Los más pequeños de la casa ahora se ganan sus sobres cumpliendo con sus tareas y quehaceres domésticos, aprendiendo el valor del esfuerzo y la paciencia.
A pesar de que figuras estelares como Cristiano Ronaldo aún se resisten a salir en los sobres, para los Aguilar el verdadero trofeo no es tener el álbum lleno de inmediato, sino la convivencia. «Lo importante son los momentos. Quiero que mis hijos conserven un recuerdo bonito de cómo consiguieron cada figurita, intercambiando en el colegio o con sus primos», concluye «Pepe», demostrando que el fútbol, antes que un negocio, sigue siendo el pretexto perfecto para unir a la familia.































