Escrito dedicado a Mario Camposeco, por parte de Daniel Matul Morales

Jun 17, 2022 | Actualidad, Deportes, Deportes, Portada, Región, Xela | 0 Comentarios

Por: Daniel Matul Morales.

EL FABULOSO MAGISTER LUDI

La atracción de las galaxias luminosas, el diecisiete de junio de mil novecientos cincuenta y uno, dejaban a todo Quetzaltenango, en silencio, ni siquiera en forma tenue se podían cantar los tantos goles que, como osadas melodías habían elevado el nombre de Xelajú, en los diversos rectángulos nacionales, centroamericanos y del caribe. Impotente, su amado equipo, se encontraba lejos de interrumpir su viaje cósmico. Acelerados corazones, entre lágrimas y llantos, palpitaban susurrando: acaba de penar Camposeco. Angustiosas las almas que tantas veces elevaron su espíritu, admirando al místico, al artista de la gramilla, al magister ludí Mario Salvador Camposeco.

Siendo infante, aún no asistía a los estadios, pregunte a mi padre ¿Qué había sucedió ese domingo? A lo lejos y entre neblina, recuerdo que me respondió, algo así: toda estrella viaja a su galaxia y Mario es de los grandes, vivirá por siempre. Desde entonces su atmosfera se respira a cada instante en la historia deportiva del insondable Sexto Estado de los Altos, fue, es y siempre será la pulsación vital de cualquier equipo de futbol de Quetzaltenango. Tantos años después, al conversar con personalidades que compartieron la camisola con nuestro venerado astro, por ejemplo, Armando Paniagua, Quique Amézquita, mi vecino “El gato Barrios”, les indagué acerca de Mario, indefectiblemente coincidieron en puntear: era nuestra franja de Luz, el fulgor del equipo, afectuoso, solidario y caballero indiscutible como el que más.

Cuando a los trece años, más o menos, fui aceptado en las ligas menores del Xelajú M.C., en nuestro primer día de entrenamiento, bajo el mando de su hermano don Arnoldo Camposeco, tan solo poner los pies en la gramilla nos invadió en toda nuestra estructura espiritual de infante, la hermosa figura de Mario, su energía envolvió nuestras aspiraciones y su adorable performance se convertía en atrevida inspiración. Descubría nuevos mundos, nuevas amistades, entre ellas sus sobrinos, Roberto, Alfredo y Gustavo. El goce profundo se intensifico al máximo, cuando me presentaron a Mario Camposeco hijo, un chiquillo algunos años más pequeño, desde entonces le guardo puntual afecto.

La virtud de Mario Camposeco, en su meteórica experiencia lúdica y abundante poesía futbolística, supo entretejer el frenesí colectivo de la afición, la fascinación de su equipo con la estética profunda de su hazaña deportiva, su existencia debe volver creadoramente a la médula y a la retoma de la experiencia lúdica profunda del Xelajú de hoy. Con la fuerza de la danza del futbol, con la sabiduría legada por su padre, los conocimientos adquiridos en tantos años, la mística de su caminar por otros países, y el amor a Quetzaltenango, seguramente pronto o tarde veré a Mario Camposeco, hijo, como presidente del Xelajú M.C, como artífice de la sexta luna. Al intensificar la vida bucólica de nuestro inolvidable Mario Camposeco López, abrazo a la gran afición de Xelajú y especialmente a la familia de nuestro imperecedero astro y maestro del futbol y de urbanidad.