Cuando la antropología deja de ser ciencia y encalla en las laderas comunitarias, a propósito ¿a quién celebramos en septiembre próximo?

por | Sep 1, 2021 | Opinión | 0 Comentarios

Uno de los debates matizados con la excepcionalidad intelectual de la época es que aquella cuando la discusión de Sartre (1966) sobre el método de la historia cuestionó la corriente Marxista de la historia. Era marcar la diferencia interpretativa del materialismo histórico con el destino del hombre ¿es el hombre el que hace la historia o es el destino que lo define?  Que no hace falta dilucidar en este breve espacio. 

Sin embargo, no deja de ser un dilema visto desde el ángulo de lo que llamamos pensamiento Occidental, cuando se matiza la historia por el mercado y lo medimos cuando este favorece el crecimiento económico como la fortuna del hombre libre ¿libre? Bueno, tampoco importa, cuando lo que viene al caso son valores humanos que se atan con un modelo endogámico de los pueblos originarios de Guatemala que sostiene la memoria histórica y la resistencia de un pueblo  desde el dolor, la tragedia hasta los lazos del porvenir  (Quemé, 2021).

Justamente, la antropología como disciplina de las ciencias sociales aborda el estudio de la sociedad y su evolución.  Pero cuando alcanza las rutas pedestres la realidad la teoría deja de ser axiomática y pasa a la cotidianidad.  

Cotidianidad que revela en los pueblos originarios la síntesis de la historia: comunidad permanente, término que define lazos endogámicos que contienen el basamento de una memoria histórica que se extiende en el pasado/presente (Quemé, 2021) y que en la retórica cotidiana se traduce en lo que en occidente llamamos solidaridad.   Ese gesto que en los pueblos originarios anida las afortunadas virtudes de vida, en el que para un simple citadino  no tendría mayor importancia, excepto, porque consiste en la expresión de percibir y entender al otro, ese sentido de otredad que Octavio Paz (1993) encontró en la India y luego confirmó en México.  

Sin embargo, sí tiene importancia para un ciudadano originario. No es el idioma, la vestimenta, ni el color, es el profundo sentimiento de ser persona.  Eso que el mundo del pensamiento y cultura cristiana llama dignidad…. Y que, bueno, al convertirse el cristianismo en creencia del sistema tiene otras perspectivas, posiciones, defensas y hasta posturas frente a crisis políticas contemporáneas. 

Recuerdo hace algunos años cuando Rigoberto Quemé (2011) me expresó para una entrevista en la revista Sociología de la Universidad de Salamanca  -¿Sabe usted por qué no se mueren de hambre los niños en los pueblos originarios?  Por la solidaridad, una especie de lazo construido por hilos genealógicos que no siempre son consanguíneos sino, lazos sutiles que alcanzan escenarios del valor de vida comunitaria.

Justamente, allí se concentra un potente sentido antropológico, que posiciona y construye la síntesis de una nación, descubrimiento teórico francés que busca construir ideales colectivos y que el resto de Europa no lo entendió nunca.  

¿Alguna vez se habrá comprendido en la justa dimensión el sentido de comunidad? Al parecer no.   Ya entrado el Siglo XXI, en los debates del 2005 para el proceso de aprobación de la política de seguridad alimentaria uno de los ponentes espeto que una política de seguridad alimentaria contravenía otras prioridades más contributivas al Estado que la falsa complejidad para encender motores estatales innecesarios que terminarían por repartir alimentos, dureza y crueldad repetida por centenas de años.

Un brillante experto en desarrollo financiero agrícola, ahora en los umbrales de la inactividad pública me compartió en esa época una reflexión de la que nunca encontré evidencia, excepto por los pueblos originarios de Guatemala y el oriente próximo. Me expresó que en las estrategias de sobrevivencia extrema de las crisis y tragedias humanitarias genocidas de la segunda mundial se desarrolló una técnica de resguardo alimentario que no salvo a todos, pero hizo emerger nuevos hombres y mujeres plenamente convencidos que la vida era la principal razón de la existencia elevando los alimentos a un principio sagrado. 

Es eso justamente lo que lo ocurrió con el pueblo originario de Guatemala, me expresó este experto. En los últimos 500 años y más profundamente en estas etapas independientes, si hay que admirar y reconocer la audacia y la valentía de sobrevivir con limitados y negados  alimentos en este país, es al pueblo indígena de Guatemala. 

 Allí hay una nueva antropología esperando, -me dijo…  un relato histórico que construye una nación con la fuerza suficiente para convertirse en el potencial de cambio.

Ahora lo entiendo mejor. ¡Y lo hicieron…! hoy los indígenas mantienen la sanidad y el equilibrio macroeconómico del país. No tienen industria, no tienen comercio, no tienen fortunas, no tienen offshore, no tiene poder de veto, solo tienen a Guatemala. Vaya paradoja. Por cierto ¿A quién celebramos en septiembre…?     

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