“Nací el 22 de enero”, dice Rafael María Fernández Sánchez, un venezolano de 100 años, apenas minutos después de sentarse en un cómodo sofá beige en la sala de su casa. Su memoria, bien pulida, impresiona.

A su lado, Iván, uno de sus enfermeros, la pone a prueba con picardía, como si uno fuese anfitrión y el otro el invitado de un programa televisivo de trivias.

-¿De qué año? -le pregunta el joven.

-De 1920 -contesta el anciano.

El auxiliar, uno de cinco hombres y mujeres que se turnan para cuidarlo las 24 horas del día durante toda la semana, prosigue con su evaluación.

-¿Y cuál es la fecha de hoy?

-Hoy es 21.

-¿De qué? -insiste el muchacho.

-De mayo.

Rafael, nacido en un caserío de La Cañada de Urdaneta, llamado Potreritos, estira burlonamente su última contesta, demostrando que le ofende la pregunta.

“Mañana voy a cumplir 100 años con cinco meses”, remata, confiado.

Habla sobre los viejos gobiernos de los expresidentes Juan Vicente Gómez y Eleazar López Contreras. Del último, repite su famosa frase cuando le tocó suceder al primero tras una tiranía de 27 años: “calma y cordura, calma y cordura”.

El centenario nombra a sus seis hijos, a su esposa fallecida: “María Feliciana Gutiérrez”, a sus nietos y bisnietos, “Daniel, Isabelita”.

Lista los países y ciudades a donde sus descendientes han migrado: “Medellín, Italia, Estados Unidos, Chile”. Repasa sus ocupaciones, “geólogos, ingenieros químicos”.

También, recuerda la distancia. Solo dos nietos permanecen en Venezuela tras la profunda crisis económica, política y social de los últimos años, precisa.

La separación de sus seres queridos le ha provocado episodios depresivos, advierten sus cuidadores.

“La distancia es mucha. Cuando aquí son las 4 de la tarde, allá son las 10 de la noche”, cuenta, nostálgico, mirando hacia donde escucha la voz de sus interlocutores.

El virus de la crisis

Rafael ya no ve, pero escucha las noticias en la radio. Esas transmisiones y las conversaciones con sus cuidadores le han puesto al día sobre la pandemia actual.

El gobierno en disputa de Nicolás Maduro reportó hasta el jueves 21 de mayo 882 contagios y 10 muertes por la COVID-19 en Venezuela.

Militar retirado del ejército venezolano y ex agente de seguridad de campos petroleros en el estado occidental de Zulia, Rafael dice no temer a la infección respiratoria.

“No vas a creer que aquí solamente estamos enguacalaos”, menciona, usando un término coloquial para describir el encierro de todos.

Hace votos porque Dios se apiade de Venezuela y del mundo para que no haya “resaca”, como llama a un eventual brote posterior a la pandemia.

“Le temo a la ‘coronacrisis’”, apunta. Así llama, cómicamente, a todos los problemas ya existentes en el país antes de la llegada del nuevo coronavirus.

No pasa hambre como cuando, de joven, comía “solo un huevito”, indica. No recibe visitas, como antes del confinamiento decretado por Maduro en marzo.

Le inquietan, eso sí, los frecuentes cortes eléctricos que sufre su vecindad. Le agobia el calor o la falta de gasolina para su generador eléctrico portátil.

Está consciente de cuán frecuentemente debe asearse con agua y jabón. Sabe que tiene que usar la mayoría del tiempo su tapabocas, que sin embargo le incomoda.

Rafael se atreve a comparar la gravedad de la COVID-19 con la fiebre tifoidea que contrajo a sus veintitantos años tras lanzarse a un río de aguas putrefactas.

“Estuve 90 días con fiebre. Llevé los tres meses inconscientes. Yo botaba la sangre por donde quiera, por la nariz, por la boca, por donde quiera”, rememora.

Un médico, novio de una vecina, le ayudó a vencer la enfermedad con un tratamiento a base en sueros subcutáneos, detalla con asombrosa precisión.

Iván, su enfermero, valora que Rafael “está en tiempo, espacio y persona” y ello, añade, le ha ayudado a seguir al pie de la letra las recomendaciones sanitarias.

“Todas sus cuarentenas las ha cumplido al pie de la letra”, expresa.

La realidad política actual tampoco ha pasado inadvertida para Rafael, a pesar de su claustro por prevención sanitaria. Maduro es un mal gobernante, opina.

Desencantado de su inicial admiración por Chávez, critica la “represión” y la crisis que han caracterizado a Venezuela, a su entender, en las últimas dos décadas.

“Aquí, mientras los militares no cambien, esto no va a cambiar. ¿Ah? Date cuenta. El gobierno que está mandando aquí es militar”, opina, serio.

Aprovecha que está ante el micrófono de un medio de comunicación para enviar bendiciones a sus hijos y nietos en el exterior.

“Deseo que estén bien, algún día nos vemos”, expresa, esperanzado.

Agotado por el calor del mediodía, toma una pausa. Maracaibo es de las ciudades más calurosas del país. En su casa, la sensación térmica roza los 50 grados centígrados.

Con la ayuda de Iván, se levanta para despedirse amablemente y retirarse a su cuarto, pidiendo a su enfermero que le cambie la camisa amarilla de cuadros que luce.

Minutos antes de recostarse en una cama individual, frente a un ventilador pequeño, advirtió que le faltaba transmitir un último mensaje, uno para su país.

“Quiero darles un aliento y algo bueno a los venezolanos, a mis compatriotas: que tengan fe en que algún día vamos a cambiar esto”.

Con información de Gustavo Ocando Alex / La Voz de América