Ayuno y abstinencia en Viernes Santo

Abr 3, 2026 | Actualidad, Internacionales, Nacionales, Portada, Religión | 0 Comentarios

Por Herberth Tax |

La Iglesia Católica establece días y tiempos penitenciales para que todos los fieles vivan unidos la conversión del corazón, especialmente, el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, cuando se pide guardar ayuno y abstinencia además de intensificar la oración y la caridad.

Según el Código de Derecho Canónico, todos los viernes del año son días penitenciales y para los fieles de rito latino la abstinencia de carne obliga desde los 14 años, mientras que el ayuno lo hace, aproximadamente, entre los 18 y 59 años.

Estas prácticas no son ritos vacíos, sino expresión concreta del arrepentimiento y del deseo de apartarse del pecado para volver a Dios con una conversión real. En la Constitución apostólica Paenitemini (1966), San Pablo VI reformó las normas de ayuno y abstinencia, recordando que la mortificación corporal ayuda a reconocer la santidad de Dios y la propia fragilidad, liberando al hombre de los apegos desordenados.

El Papa explica que, mediante el ayuno y la abstinencia, el cristiano adquiere fortaleza interior y aprende a dominar la concupiscencia, de modo que el cuerpo se someta más dócilmente al alma y a la gracia. A la vez, la Iglesia invita a adaptar las formas de penitencia según las realidades de cada región, fomentando también obras de caridad y ejercicios de piedad como caminos auténticos de conversión.

En cuanto a la abstinencia de carne, la norma prohíbe el consumo de carne de mamíferos y aves de corral, pero permite huevos, lácteos y condimentos grasos sin sabor a carne. El pescado, mariscos y animales de sangre fría se consideran aparte y están permitidos, recordando siempre que el objetivo no es buscar lujos gastronómicos, sino vivir un verdadero espíritu penitencial.

El sentido profundo del ayuno y la abstinencia, especialmente, en Viernes Santo, es unirnos agradecidos a la Pasión y Muerte de Jesús, compartiendo con Él un pequeño sacrificio que purifica el corazón y fortalece la caridad. Las conferencias episcopales pueden adaptar estas prácticas, pero la Iglesia anima a que, allí donde crece el bienestar, aumente también el testimonio de abnegación y solidaridad con los hermanos que sufren.

Fuente EWTN y AciPrensa

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