A finales del siglo XIX, Guatemala era gobernada por el presidente Justo Rufino Barrios, un líder liberal con el respaldo de Estados Unidos. Su ambición era restaurar la Unión Centroamericana, reviviendo la antigua Federación de los Estados del istmo.
Barrios creía que la unificación traería ventajas estratégicas: fortalecería la defensa regional, impulsaría la inversión extranjera y otorgaría mayor presencia internacional a Centroamérica. Para lograrlo, impulsó negociaciones diplomáticas y varias conferencias unionistas, pero su visión fue rechazada por la mayoría de los gobiernos vecinos.

Al ver frustrados sus intentos pacíficos, el 28 de febrero de 1885, Barrios declaró unilateralmente la creación de la Unión Centroamericana y se autonombró Comandante Militar Supremo. Convocó una asamblea constituyente para mayo de ese año y decretó que quienes se opusieran serían considerados traidores.
Mientras El Salvador y Honduras respaldaban la iniciativa, Nicaragua y Costa Rica se declararon en contra, dispuestos a defender su soberanía. La tensión aumentó cuando Estados Unidos dejó claro que no apoyaría una reunificación por la fuerza y México, bajo el mando de Porfirio Díaz, movilizó 30,000 soldados a la frontera con Guatemala.

El 30 de marzo de 1885, la guerra estalló. El 2 de abril, en plena batalla de Chalchuapa, Barrios intentó liderar personalmente a sus tropas. Mientras daba órdenes montado en su yegua, una bala le atravesó la clavícula y le destrozó el corazón. Su muerte desató el caos entre sus soldados, provocando su retirada.
Con la caída de Barrios, su sueño de una Centroamérica unificada se desvaneció. Sin embargo, su legado sigue siendo un símbolo del ideal unionista en la región.
