Fue un descubrimiento emocionante para el estudiante de posgrado en lingüística: mientras realizaba un estudio de archivos jesuitas en Quebec en 1999, Michael McCafferty encontró un manuscrito previamente desconocido – un diccionario del idioma Myaamia-Illinois, escrito a mano en el siglo 17 por misioneros jesuítas.

Compuesto de unas 22.000 entradas, el manuscrito ha jugado un rol clave en ayudar a la Tribu Miami de Oklahoma a revitalizar un idioma no hablado en generaciones.

En Massachusetts, la lingüista Jessie Little Doe Baird, una ciudadana de la tribu Mashpee Wampanoag en Massachusetts y cofundadora del Proyecto de Recuperación del Idioma Wopanaak, o Wopanaak Language Reclamation Project en inglés, está también trabajando con viejos documentos para restaurar un idioma que desapareció hace un siglo.

«Tenemos la colección más grande de documentos nativos escritos en América del Norte», afirmó, explicando que el siglo 17 misioneros trabajaron con la tribu para crear un alfabeto y traducir la biblia y otros trabajos.

«El pueblo de Wampanoag rápidamente tomó la decisión de escribir y usarlo como una herramienta para protegerse en lo que respecta a las transacciones de tierras y otras cosas», dijo Baird. «Hemos estado trabajando en esto por cerca de 25 años y ahora tenemos un diccionario con aproximadamente 12,000 entradas, compliadas justo para esos documentos tempranos».

Hoy, la tribu cuenta con dos lingüistas acreditados y una escuela de inmersión wopanaak desde prescolar hasta quinto grado, la cual Baird espera que se expanda en el futuro.

«Pequeño chisme»

Restaurar un idioma es una cosa. Asegurar su supervivencia depende de ser capáz de enseñarlo para que pueda ser pasado a la siguiente generación. Y eso significa hacer el lenguaje relevante para la juventud de hoy al acuñar nuevas palabras y frases. Las tribus abordan el reto de distintas formas

«Los Wampanoag básicamente hacen lo que los de habla inglesa hacen», explica Baird. «Las comunidades toman prestadas palabras, y si alguien en algún punto decide que algo es importante, le dan un nombre en ese idioma».

Algunas tribus prefieren no tomar prestado, afirma James Andrew Cowell, un antropólogo lingüístico de la Universidad de Colorado, quien está trabajando para preservar el Arapaho, una lengua algonquina nativa de las Grandes Llanuras.

«Creo que este tipo de acercamiento preserva su perspectiva particular en las cosas, y de esa forma, sienten que su cultura y sus sistemas de significado todavía están presentes en el idioma», indicó Cowell.

Dio algunos ejemplos

«La palabra para computadora se traduce como ‘lo sabe todo'», explicó. «En Arapaho, hay una manera de convertir verbos en sustantivos. Así que, estoy escribiendo en el ‘lo sabe todo’ significa ‘estoy escribiendo en la computadora». Algunas palabras reflejan sentido del humor.

«La palabra que Arapaho tiene acuñada para Facebook es «chisme», y para Twitter es «pequeño chisme», se ríe Cowell. «Y en oportunidades, nuevos términos ofrecen comentarios oblícuos en la cultura europea/americana. La palabla para ‘arroz’, por ejemplo, es ‘maggots’ (gusanos)».

Esfuerzo comunitario

Acuñar neologismos no es nada nuevo para la tribu, señala Ben Black Bear, Sicangu Lakota y fundador del departamento de estudio Lakota en la Universidad de Sinte Gleska en la Reserva Rosebud en Dakota del Sur.

«En los primeros años de los 1900, cuando establecieron la reservación, nosotros los Lakota tuvimos que crear palabras para toda clase de cosas nuevas que nunca habíamos visto hasta que los europeos vinieron – casas de madera, ropa, el automóvil», afirmó.

A menudo, lo hicieron describiendo los atributos del objeto.

«La manzana no existía en la naturaleza antes de que conocieramos a los europeos, así que tuvimos que crear una palabra», relata Black Bear. «Cuando muerdes una manzana, el interior es más o menos como nieve húmeda. Así que combinamos las palabras para nieve humeda (spanla) y fruta que tiene piel (tha) para crear un nuevo término, ‘thaspan.'».

Otro ejemplo: los hombres Lakota tradicionalmente utilizaron leggings y taparrabos.

«Cuando los pantalones o monos llegaron», se ríe Black Bear, «se nos ocurrió ‘algo que cubre la parte trasera'».

Hoy en día, Black Bear y otros lingüistas Lakota se reunen anualmente en el Consorcio del Idioma Lakota, LCC por sus siglas en inglés, un instituto de idioma de verano diseñado para enseñar a los profesores de Lakota. Además de tomar un curso en desarrollo de neologismos, debaten y aprueban nuevas palabras como lo hacían sus ancestros. «Una vez que se nos haya ocurrido un nuevo término, lo publicamos para la comunidad», explica. «Si a las personas le gusta, lo usarán. No depende de nosotros».

Desafíos de financiamiento

Alguna vez, los nativos americanos y los nativos de Alaska en todo EE.UU. hablaban hasta 300 idiomas. Pero siglos de conflicto, reubicación forzada y asimilación forzada causó que la mitad de ellos se extinguieran. Ya sea que esos idiomas que sobrevivieron puedan continuar existiendo depende del continuo financiamiento del gobierno y donantes privados.

En 1990, el Congreso aprobó la Ley de Lenguas Nativas Americanas, reconociendo la responsabilidad de EE.UU. de ayudar a las tribus a recuperar y preservar su lenguaje, y ofrecer financiamiento a través de una variedad de programas. Pero esas tribus se quejan que el financiamiento es desigual e insuficiente para satisfacer sus necesidades.

Esta semana, el Fondo Nacional para las Humanidades (NEH por sus siglas en inglés), en conjunto con el Instituto para el Desarrollo de las Primeras Naciones, anunciaron subsidios para apoyar los esfuerzos de revitalización del idioma en 13 tribus de todo el país.

Entre ellos, los Wampanoag en Massachusetts recibirán $90,000 para ayudar a expandir su escuela de inmersión otros tres grados más.

Con información de La Voz de América