“En esto de ser refugiado, uno se tiene que volver un completo estratega»

Jun 19, 2020 | Actualidad, Internacionales, Noticias, Portada | 1 Comentario

Con tan solo 15 años, Mery ‘Balvina’ Múñoz ya había vivido más de lo que los adolescentes a su edad generalmente viven. Mientras su mamá se encontraba en una prisión de mujeres en Venezuela, ella hacía huelga de hambre en las afueras del lugar.

Refugiada hace casi tres años en Bogotá, esta venezolana recuerda cómo su madre sufrió una persecución política, tras publicar una novela llamada ‘El amor en tiempos de Guarimba’-en la que relataba la realidad de jóvenes venezolanos-, hecho que la puso en la mira de las autoridades venezolanas, en 2015.

“Mi casa fue allanada. Mi mamá fue preso político y, al salir de la prisión política, pasamos alrededor de unos 3 años viendo que íbamos a hacer… La gota que derramó el vaso, en 2017, fue el secuestro que le hicieron a mi hermano mayor”, dijo la joven de 21 años a la Voz de América.

Ilusionadas con una nueva vida, cruzaron las tochas ilegales que unen la frontera entre Colombia y Venezuela, debido a que su madre no podía salir de otra manera. Y decidieron emprender un camino que, al comienzo, fue duro y pedregoso.

“Poco a poco, aunque uno no lo crea, se va haciendo como esa magia, como ese milagro. Y cuando en el momento en el que menos te piensas, miras hacia atrás y dices: ‘Oye, yo hace dos años estaba cantando en el Transmilenio, no tenía ni zapatos porque ni posibilidades tenía, ni papeles en este país. Recibí humillaciones todos los días y ahorita estoy acá con mi mamá. Tenemos un trabajo más estable. Tenemos otras metas, otros sueños. Hemos crecido”, cuenta orgullosa ‘Balvina’, como prefiere que la llamen artísticamente.

No obstante, confiesa que por año y medio no tuvieron posibilidad de conseguir un trabajo estable: “cuando uno busca asilo político acá en Colombia, te entregan un salvoconducto de permanencia que tiene una nota abajo, al pie de la página, que dice que tienes prohibido ejercer actividades lucrativas”, lo que la obligó a cantar en los buses, mientras su mamá trabajó en la cocina, de mesera y recientemente aprendió a coser.

Desde los 9 años, estudió música. Fue estudiante del Conservatorio de José Ángel Lamas y de la Universidad Central de Venezuela. Así, que inició una carrera como cantautora que hoy ya la tiene ‘sonando’ en un par de emisoras universitarias y bogotanas. Sin embargo, necesita ingresos para mantenerse y, por eso, es la mano derecha de su madre en un taller de costura.

Pasa su vida grabando videoclips, en una esquina del taller, para promocionar a través de redes sociales su música que ha catalogado como ‘fusión gitana’.

Va tocando puertas para que puedan conocer sus letras que, según ella, tienen un sentido completamente social y son inspiradas en lo cotidiano de la vida. Ahora, sueña con ser una gran cantautora y fortalecer una “pequeña’ marca de ropa que ha creado con su madre.

“Es una cosa realmente increíble el cambio que dio nuestra vida,  desde no tener papeles hasta ya ahora sí tener los papeles. No hemos recibido algún tipo de ayuda o algún tipo de beneficio o sencillamente fueron nuestros papeles y nuestras ganas de trabajar lo que ha hecho que nos superemos poco a poco como personas”, agrega.

Aunque la vida no ha sido fácil, Balvina confiesa que jamás hay que bajar la guardia. Sabe que para salir adelante en otro lugar que no es el propio hay que tener coraje, pues “un refugiado pasa por momentos donde te humillan, donde te hacen sentir que no eres de allá, pero tampoco eres de acá porque no tienes ni papeles. Entonces, uno se siente muchas veces como en el aire, desesperado, como si estás en una prisión”, pero ante ello, dice, hay que ser “fuerte, tratar de superarte cada día, buscar todas las estrategias posibles” para salir adelante. “Acá en esto de ser refugiado uno se tiene que volver un completo estratega”.

Del chavismo a la oposición

Haber hecho dos cursos como trabajadora social en Cuba, patrocinados por el gobierno del expresidente venezolano Hugo Rafael Chávez Frías, le costaron a Mary Caldera su permanencia en su natal Venezuela.

Esta mujer, proveniente del estado Yaracuy, tuvo que salir del país con sus dos hijas -de 13 y 4 años, en ese entonces- y su esposo, después de que el gobierno chavista le “cortara” todos los servicios.

Se desempeñó como trabajadora social en una Junta Comunal. Luego, en la gobernación, “pero vi algunas cosas que no me gustaron. Decidí retirarme”. Al principio, le negaron la renuncia y le bajaron el rango y el sueldo, así que decidió abandonar el cargo.

Tras tomar la decisión, la oposición le ayudó a vincularse laboralmente como docente, para poder ejercer su profesión, pero además debía ser militante de un partido político. Tras aceptar, explicó que “el gobierno chavista empezó a hacerme esa persecución. En sí, no me andaban buscando ni para matarme ni nada, pero sí me cortaban los derechos para vivir plenamente en mi país”.

En las mañanas, trabajaba en la venta de empanadas y, en las tardes, en un consultorio privado, pero por la crisis que vive su país, ambos negocios cerraron. Su esposo se radicó primero en Colombia, pero no podía enviar transferencias a Venezuela de manera fluida, así que, cuenta Mary, “eran tres días que comíamos bien, pero cuatro días que no teníamos qué comer. A veces era un huevo para tres personas o era arepa sola. En muchas ocasiones, mis hijas tenían qué comer y yo me quedaba sin comer”, razón que la llevó a mudarse de país definitivamente.

Mary llegó a Colombia, en noviembre de 2016. “Decidimos tomar la iniciativa porque hubo un listado de las personas vetadas para el gobierno. Son aquellas personas que militan en el partido oposición, de la cual ellos dicen que han invertido mucho dinero en ellas y que no les conviene que estén en el país”, contó la docente a  VOA Noticias.

Llegó con sentimientos encontrados, ansiedad y algo de nostalgia a una casa de barro. Solo llevaban consigo la ropa y algunos utensilios de repostería y, cuenta, mucho miedo, pues estaba pisando terreno totalmente desconocido y sus papeles quedaron retenidos en Venezuela.

Hasta que, en diciembre, escuchó de una ayuda que le estaban entregando a venezolanos en el Palacio de Justicia de Cúcuta. Allí vio la bandera de la oficina para el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados ACNUR, que estaba diagonal, y buscó en internet el significado del logo. Posteriormente se acercó a las instalaciones y allí comenzó el trámite para conseguir asilo, el cual duró dos años en los que tuvo dificultades para matricular a sus hijas en el colegio, acceder a salud y demás servicios hasta que, después de una negativa, recibió ayuda de ACNUR y la Corporación de Profesionales para el Desarrollo Integral Comunitario Corprodinco, donde trabaja actualmente.

Tras vender tortas, pescado y hacer domicilios, pudo mudarse a una casa mejor.

A raíz de todo el proceso de la solicitud de refugio, además, comenzó  a participar un proyecto piloto de Corprodinco y trabajó con comunidades de acogida con población vulnerable colombianos retornados y venezolanos. Ha trabajado con mamás gestantes, lactantes y niños en el proceso de mitigación del duelo migratorio. Actualmente, labora con población que llega a las instalaciones de la corporación, para trabajar en la prevención del abuso sexual de niños y pautas de crianza con los padres.

Su historia le ha demostrado a Mary “la resiliencia que podía llegar a tener”. “Nunca imaginé tener ese cambio tan radical de empezar de cero en otro país”. Ahora, va a comenzar a estudiar de nuevo y, a corto plazo, espera tener un vehículo para transportar a su familia. Incluso, ya está pagando un terreno donde espera construir su casa.

A los refugiados, les dice que deben ser fuertes, luchadores y, al migrante, que se deje ayudar y se enfoque en la atención psicosocial.

“Yo siempre digo que dice la gente que el límite es el cielo y no es el cielo porque lo surcamos en un avión. Entonces decir que no hay límites en la vida”, reflexiona Mary.

Refugiados en Colombia

Según el informe de desplazamiento forzado en 2019 de ACNUR, hay 4,5 millones de venezolanos desplazados en el mundo. A principios del decenio, solo había 6.700 refugiados venezolanos. A finales del mismo, los venezolanos constituían el segundo grupo más grande, con 93.300 refugiados reconocidos.

Según la Cancillería de Colombia,  en lo corrido del año 2020, con fecha de corte al 30 de abril, se han radicado 4.707 solicitudes de reconocimiento de la condición de refugiado -no de migrantes- (4.668 de venezolanos y 39 de otras nacionalidades). Estas se han incrementado notoriamente, pues en 2017 se radicaron 625 solicitudes en total (576 de venezolanos y 49 de otras nacionalidades) y en 2019 pasaron a 10.632 solicitudes en total (10.479 de venezolanos y 153 de otras nacionalidades).

Colombia, por su parte, ha sido el país que ha acogido el mayor número de personas desplazadas a través de las fronteras, con un total de 1,8 millones de venezolanos desplazados. Sin embargo, según el informe de ACNUR, este país alberga solo un total de 646.

Sobre este fenómeno, Jozef Merkx, Representante de ACNUR en Colombia, le explicó a la VOA que este país no ha tenido mucha experiencia en el tema de refugiados. Al contrario, los colombianos generalmente buscaban asilo en otros países.

“Es la primera vez que Colombia recibe tantas personas y siempre estamos en discusiones con el gobierno para mejorar el sistema de asilo, y lo estamos mejorando”. Incluso, dijo que reconocen que muchos venezolanos tienen necesidades de protección ya que no han huido solo por razones económicas, “sino por la violencia, la inseguridad, haber perdido sus bienes, haber sido parte de la oposición”.

En este sentido, dice, es importante enfocarse en el tema de protección, tema que siempre se ha discutido, según él, con el gobierno, el cual “ha hecho cosas muy importantes, muy buenas, como por ejemplo (otorgar) la documentación a una parte de la población venezolana”.

Confiesa que aunque el esfuerzo de las autoridades locales es muy grande, aún es insuficiente: “Hay muchos venezolanos que no tienen un estatus regular y eso les hace bastante vulnerables”.

Finalmente, agrega que ACNUR continúa en diálogo con el gobierno colombiano, autoridades locales, agencias internacionales y no gubernamentales «para abordar todas las necesidades de las comunidades de acogida pero también de la población refugiada y migrante”.

Con información de Karen Sánchez / La Voz de América

1 Comentario

  1. Sergio

    Hola buena Mañana.. he visto varios artículos muy buenos e interesantes.. si pueden agregar la aplicación de WhatsApp para compartir.. sería excelente .

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